jueves, 17 de marzo de 2011

Arrechometría Básica

Por Mauricio Rubio

En los años cuarenta un científico checoeslovaco, Knut Freund, fue contratado por el ejército. No le pidieron diseñar un arma nueva sino frenar a quienes se declaraban homosexuales como falsa excusa para no prestar el servicio militar. Para detectar estos falsos gays, Freund diseñó un artefacto que vendría luego a conocerse como el PPG -sigla de Penil Plethysmograph- o pletismógrafo de pene. Lo que hizo Freund en realidad, fue utilizar un nuevo terminal para un instrumento ya conocido para medir cambios en el volumen de un órgano. A la colombiana, el recursivo aparatejo se podría denominar el arrechómetro varonil.

Desde su concepción, la función del instrumento ha sido sencilla: medir los flujos sanguíneos del pene de un varón cobaya expuesto a estímulos sexuales. Así, se registra con precisión la intensidad de la excitación del sujeto ante imágenes, fotos o sonidos evocadores. Al principio, no todos entendieron el afán por sofisticar un procedimiento que “a vuelo de pájaro” o mejor aún “a ojo de buen cubero” ya podía dar suficiente información. Se pensó que era un capricho de militares.

A pesar de ser más útil –a simple vista es imposible detectar si una mujer está excitada- la versión femenina del aparato tardaría varias décadas. Fue un inventor americano quien imaginó que con algo como un tampón o consolador con electrodos –un sensor de presión sanguínea y otro de actividad muscular- conectado como periférico a un receptor similar al del PPG se podría emular electrónicamente a Casanova, registrando con precisión el grado de excitación femenina. Nació entonces el VPG, pletismógrafo vaginal, o arrechómetro femenino. Los primeros prototipos se hicieron manualmente, con moldes plásticos y mucho cariño para limar cualquier aspereza. Tras la epidemia del herpes se impusieron los sensores desechables y sólo hace unos años se logró la manufactura industrial de un implemento a la vez privado –la misma usuaria lo coloca- e higiénico, que se esteriliza después de cada uso. Al igual que con el PPG, los instrumentos para medir cambios en otras cavidades, como la boca, ya venían siendo utilizados. La innovación estaba nuevamente en los periféricos. 
Quienes trabajan con estos aparatos, han definido la excitación objetiva como la que mide el arrechómetro allá abajo. La excitación subjetiva es la que, paralelamente, van registrando con un teclado en un computador los voluntarios, y por supuesto las voluntarias, que reciben estímulos eróticos varios. Un poco como quien juega a frío, frío, tibio, caliente, tibio, caliente, muy caliente. Los acicates visuales y auditivos utilizados en los experimentos son tan o más diversos que los de la página inicial de Hustler.com. Ha habido clips de sexo heterosexual, homosexual y bisexual, masturbación de ellos y de ellas, hombres y mujeres desnudos en la playa o en el gimnasio, e incluso parejas de bonobos, el peculiar primate cuyas hembras, en particular, no paran de tocarse y de tirar.
Radicado en Norteamérica, con la ayuda de su filtro para maricas impostores, Freund terminó siendo una autoridad mundial en homosexualidad y pedofilia. Una de sus alumnas, Meredith Chivers, treinta y tantos, es tal vez la más prestigiosa dentro del grupo de mujeres sexólogas que utilizan este tipo de instrumentos y están revolcando la disciplina. Su afán por entender lo que quieren y sienten ellas, y por compartir esa sabiduría, se inició temprano, en sus años de colegio católico. En concreto, fue durante una de esas clases que ponen a volar la imaginación erótica, la de religión, cuando para satisfacer la curiosidad de sus compañeros adolescentes, la futura sexóloga no tuvo reparo en hacerles un mapa detallado de la geografía íntima femenina. Más tarde, un impulso definitivo a su carrera, según ella, se lo daría de carambola el mismo Freund, por cascarrabias. Ante la típica pregunta sobre por qué en clase les hablaba tan poco de lo que pasa con ellas, bastante molesto el reputado gayólogo respondió: “¿Y quien soy yo para saber lo que sienten las mujeres, si yo soy hombre?”.

Uno de los principales hallazgos de Chivers ha sido que la descoordinación entre la excitación subjetiva y la objetiva es mayor en las mujeres que en los hombres. En sus experimentos, las mentes femeninas van por un lado y, los aparatos así lo indican, los genitales van por otro. Los hombres son más escuetos. Los que dicen ser heterosexuales se excitan con parejas mixtas, con lesbianas y con mujeres desnudas. Pero no los conmueven las escenas de gays. Con los homosexuales ocurre al revés. En ambos casos, lo que registra el arrechómetro coincide con lo que reportan que están sintiendo, desde frío hasta super caliente. En forma independiente de la orientación sexual declarada –hetero o lesbi- en las mujeres, el arrechómetro se activa con casi cualquier escena de pareja –él con ella, ella con ella o él con él- así como con hombres o mujeres sólos e incluso de manera leve con los bonobos. Por otro lado, es más frecuente que un registro de excitación objetiva intensa allá abajo se de simultáneamente con una percepción de “no está pasando nada, frío, frío”.

Son varias las sexólogas de nuevo cuño que insisten en la necesidad de superar la noción tan arraigada de que la sexualidad femenina es como la masculina pero más reprimida. La evidencia en contra de ese credo igualitario es mucha y variada, insisten estas estudiosas, como para seguir afirmando que todo es resultado de la cultura, del patriarcalismo represor. Desde la frecuencia en la masturbación o las poluciones nocturnas, hasta la concordancia entre la excitación objetiva y la subjetiva, pasando por la manera como se adapta el deseo a los estímulos sexuales, el llegar muy rápido contra el no poder llegar, la iniciativa para hacerlo en las parejas establecidas, la disposición al sexo con extraños, o a los servicios sexuales pagos, son demasiadas las manifestaciones de diferencias físicas, psicológicas y psicofisiológicas entre ellas y ellos como para seguirlas ignorando en aras de lo políticamente aceptado.

En los hombres, lo que los excita guarda estrecha relación con sus preferencias sexuales manifiestas. En las mujeres, la excitación fisiológica es menos específica: responden de manera similar tanto a lo que dicen preferir como a lo que no hace parte de su repertorio. Además, la respuesta a los estímulos es extremadamente corta, casi automática. Se ha sugerido que se trata de un mecanismo protector, que lubrica los genitales para facilitar la penetración y reducir la posibilidad de heridas o infecciones durante el coito, incluso si este es forzado. Al parecer el cuerpo femenino se auto protege contra cualquier posible ataque sexual.

La variedad de situaciones o personas que pueden excitar a las mujeres es tal que el arcaico sistema de clasificación de las excentricidades sexuales –las llamadas parafilias- está lejos de poderlas agrupar de manera pertinente. En todas las categorías tradicionales, netamente varoniles, las mujeres aparecen sub representadas. La realidad es que aún no se tiene una idea aproximada de cuales serían las casillas relevantes para empezar a elaborar un inventario de las posibles fuentes de placer en las mujeres. Incluso la idea de clasificarlas podría ser un prejuicio masculino para describir un deseo que es maleable. El desafío se complica pues, según Chivers, el sistema del deseo femenino es más pasivo que proactivo, algo del tipo, “propóngame a ver”.

En defensa del desprestigiado piropo, estas mismas investigadoras plantean que puede ser algo provechoso. El simple hecho de ser deseada es un poderoso detonante de la pasión femenina. Como diciendo "lo mío es el strip-tease", hay mujeres que se ponen a mil  excitando a varios simultáneamente.  Estas observaciones plantean un desafío peculiar para la nueva sexología, pues van en contra de la idea, predominante desde la liberación sexual, de que la mujer controla por completo su deseo, sin depender de los demás.

Los resultados experimentales de la nueva sexología no dejan duda sobre un punto: algunas veces las mujeres se excitan sin ser conscientes de eso. La explicación tradicional apuntaría a la represión y al doble estándar de la educación que no deja que las mujeres manifiesten lo que sienten. Esta visión tan simplista ya no convence a estas nuevas sexólogas. Plantean que la sexualidad femenina es mucho más compleja y depende no sólo de los estímulos visuales sino de un conjunto más variado de circunstancias y con un papel más activo del cerebro.

Ha habido imaginativos esfuerzos orientados a medir la excitación femenina. Una diseñadora italiana  patentó  ropa interior femenina fabricada con fibras sensibles al calor, que cambia de color y permite medir objetivamente el tibio, tibio, caliente en diversas zonas erógenas. También se ha propuesto un termómetro labial, para allá abajo, bajo el supuesto que esos cambios en la temperatura se pueden tomar como cambios en el misterioso deseo.

De todas maneras, el arrechómetro femenino está lejos de poderse considerar inventado. Tan sólo para los sensores, la tecnología va rezagada con respecto a la de los juguetes sexuales. Aún no se cuenta con un dispositivo que se ocupe de ese personaje clave que es el clítoris. Cuando se disponga de ese nuevo periférico, deberá ir no sólo conectado a un simple receptor de impulsos eléctricos sino en paralelo con un complejo escáner de resonancia magnética. Los laboratorios como el de Chivers también deberán incluir, además de los actuales clips de porno soft, un abanico de estímulos como poesía, aromas, atardeceres, tenores, promesas, ayuda con las tareas domésticas, detalles, buen vino, regalos. En Colombia, cuando llegue la tecnología, habrá que adaptarla. Y adicionarle tal vez baile, boleros, ambiente de La Cita, un Elogio de Héctor Abad, un piropo camuflado que no ofenda, e incluso algún “vayamos vayamos proooonto” como el del Oso Libidinoso de Les Luthiers.

Los adelantos en las técnicas de medición confirmarán que las mujeres no son una especie de hombres reprimidos que necesitan liberarse. De la misma manera, sin más tecnología que el PPG de Freund, habría que empezar a aceptar que los hombres, aunque simples y predecibles, no somos como mujeres obsesionadas con el sexo clamando por mayores dosis de castidad. El tan estigmatizado “sólo piensan en eso, y a toda hora” podría reinterpretarse positivamente como un detonante y un buen socio del deseo femenino.

Referencias