lunes, 19 de noviembre de 2012

El enredo del embarazo adolescente


Publicado en El Espectador, Noviembre 18 de 2012

Lina – “Perdí la virginidad con él, por lo general no utilizábamos condón. Duramos así 6 meses, él me dejó y yo seguía enamorada. Me pareció que un hijo sería la llave para la felicidad de los dos y que él volvería conmigo. Fuí a su casa, le dije que esa era la despedida, que lo dejaría en paz. Empezamos a tomar hasta que lo emborraché, lo hicimos y quedé embarazada”.

Angela – “Tuve una pelea con mi madre. Ese día me pegó muy refeo y yo llamé a mi novio. Me quería ir de la casa y él me dijo que nos fuéramos a vivir juntos. Quedé embarazada porque no usábamos protección, yo pensaba que era estéril”.

Laura – “Bueno, nosotros siempre hemos planificado, pero hace 4 meses no sé qué paso, si el condón se rompió o si él no se lo puso bien. Llegamos del pre-prom, estuvimos y vaya sorpresa 40 días después”.

Mary – “Nos conocimos en el barrio, teníamos nuestro cuento, que besitos y eso. Con 13 años me daba miedo hacer algo más, hasta que en una fiesta me convenció de darle la pruebita de amor y yo ya con mis tragos le hice. Me quedó gustando y seguimos así hasta que me di cuenta de que no me llegaba el período”.

“Sí a la opción, no al azar” se titula el informe de Naciones Unidas de la población mundial en el 2012 y muestra en su carátula una joven en una reunión informativa sobre planificación familiar. Los testimonios anteriores de colegialas bogotanas sugieren que el embarazo adolescente es algo más complejo que la desinformación o los accidentes, y que su prevención presenta varios dilemas. Uno de los más serios se hizo evidente en un almuerzo con unos colegas indignados porque la asociación de padres de alumnos se opuso a la instalación de un distribuidor de condones en un colegio con el que ellos trabajaban.

Inicialmente compartí la molestia, pero el asunto quedó zumbando durante el almuerzo. Luego de un ejercicio de empatía con esos padres, las dudas asomaron al tratar de precisar si me hubiera gustado tener un distribuidor en mi colegio.  Ya en el café tenía otra opinión. Para mí habría resultado inmanejable sumarle a las incógnitas –el cuando, cómo y con quien de la primera vez- un recorderis oficializado y cotidiano de que me estaba quedando atrás. La distribución de condones en el entorno escolar es una piedra en el zapato para quienes aún no se han dado el gustico.

La disyuntiva de política es simple: promover el sexo seguro con preservativo puede anticipar el inicio de la vida sexual de los adolescentes; entre más jóvenes, más necesaria la información pero también más arriesgado ejercer presión sobre el momento oportuno para la primera relación sexual. Sería imprudente ignorar este dilema simplemente por su sabor retrógrado.

Hasta la fecha no he encontrado evidencia suficiente para contrastar esa duda, pero varios datos sugieren cautela con la promoción del condón entre menores. Dejando de lado el desacierto de recomendar como anticonceptivo un método idóneo para prevenir enfermedades -un riesgo ínfimo entre novios inexpertos- lo cierto es que un factor propicio para el embarazo adolescente es el inicio temprano de la vida sexual.

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud, realizada cada cinco años por Profamilia desde 1990, muestra que a pesar del sostenido aumento en el conocimiento y uso de métodos de planificación entre los jóvenes, en particular del preservativo, el embarazo adolescente aumentó considerablemente hasta el 2005. Por otro lado, la proporción de adolescentes sexualmente activas pasó del 21% en 1990 al 50% en el 2010. La drástica reducción en la edad de inicio de las relaciones sexuales contrarrestó el efecto de la planificación.

La importancia del momento de arranque de la vida sexual ya era clara cuando en el 2003 se hizo en el CEDE la primera encuesta especializada en embarazo adolescente. Un resultado llamativo es que entre las jóvenes que tienen sexo temprano –antes de los 14- el 36% reporta un hijo. Para debutantes tardías -17 años o más- la cifra es apenas del 8%.

Los dilemas no paran ahí. Sorprendentemente, la promiscuidad juvenil femenina no contribuye al riesgo de embarazo. Por el contrario, las jóvenes que han tenido más parejas sexuales son menos fértiles. A diferencia de lo que ocurre con los varones, en las jóvenes se observa que entre más temprano se inician rotan menos sus compañeros de cama. Las madres adolescentes se distinguen por tener o buscar una unión estable y durar más tiempo con su pareja. El novio es el padre potencial típico y cada año adicional con el mismo compañero multiplica por más de dos los chances de gravidez. Como deja claro Lina, ella quería un hijo con su hombre. Tanto, que después tuvo otros dos con él mismo, todos antes de cumplir 19 años. Para el embarazo precoz en Colombia es más pertinente el guión de jugar al papá y a la mamá con condón que el de Sex and the city.

Tengo más años de los que quisiera, ningún nieto y corro un leve riesgo de no alcanzar a conocerlos. A una hermana mayor le acaban de anunciar que será abuela por primera vez. Hace poco, una compañera de colegio me contó que su nieta se casa, lo que permite prever que una coetánea mía pronto será bisabuela. Estas drásticas diferencias recuerdan que, para enredar aún más las cosas, en el embarazo temprano puede haber tradición familiar.

En la mencionada encuesta, las madres adolescentes son hijas de mujeres que dieron a luz siendo jóvenes. Cada año de retraso en el primer parto de la mamá disminuye en 7% los chances de que una joven quede embarazada. En esta transmisión de la precocidad entre generaciones influyen la educación y el ejemplo, pero no se pueden descartar factores más difíciles de alterar. La edad de la menarquia, por ejemplo, está relacionada con la del inicio sexual. Una primera menstruación antes de los once años multiplica por más de cinco la probabilidad de tener relaciones sexuales antes de los catorce. Como anota Eugenia, “yo empecé a los 12 años, mejor dicho, tan pronto me desarrollé”.

Difícil precisar si Lina, Angela, Laura y Mary decidieron ser madres o tuvieron mala suerte. Para cada una la dosificación de opción y azar fue diferente. Lo que resulta imprudente es insistir que con más información y facilidad de acceso a los preservativos se habrían logrado evitar esos embarazos: todas ellas sabían qué es y para qué sirve un condón.

martes, 13 de marzo de 2012

Lesbianas, gays y trans: ¿nacen o se hacen?

Publicado en La Silla Vacía, Marzo 13 de 2012

Zach Avery nació siendo niño pero desde que pudo y por todos los medios demostró que no quería serlo. Su madre añora al hijo, pero respeta su decisión de vivir como niña. El de Noah es un caso igualmente precoz de tránsito identitario de género. El padre afirma haber hecho todo para evitar que su hijo "sea como es" y está seguro que "él no escogió ser así". En Cali Évelin Andrea, antes Marlon, dice que su familia "sabe que soy gay desde los 11 años porque me veían el quiebre, así". Cumplió quince años y lleva tres inyectándose hormonas.
Simon LeVay supo que era homosexual a los doce. Cuenta que era un niño afeminado típico: poco deporte, cercanía con la madre y mala relación con su padre. Encajaba en la receta freudiana para la que él propone voltear la causalidad: no son los padres hostiles los que vuelven un hijo gay sino la falta de masculinidad del niño lo que configura esa mala relación. Tras la muerte de SIDA de su compañero por 21 años LeVay, neurobiólogo de formación, se puso a rastrear las diferencias de la sexualidad en el cerebro. Analizó durante un año el cerebro de cadáveres de gays declarados y de heterosexuales, hombres y  mujeres. Encontró que un grupo de neuronas del hipotálamo, el INAH 3, era el doble de grande en los hombres hetero que en los homosexuales y las mujeres. El trabajo, publicado en Science en 1991 aún suscita polémica. Se le critica que esos cerebros de gays, todos muertos de SIDA, podrían haber sufrido alteraciones por la misma enfermedad.

El tamaño del INAH 3 no es el único argumento de LeVay para sugerir que “la evidencia científica indica una fuerte influencia de la naturaleza y sólo una modesta influencia del medio” sobre la orientación sexual. Por un lado, señala que es un rasgo de familia: tener un pariente homosexual aumenta la probabilidad de serlo. El 25% de los hermanos de gays tambíen lo son, contra menos del 10% en la población. Entre hermanas de lesbianas la proporción es del 15%.
La evidencia más sólida del componente congénito de la sexualidad proviene de estudios con hermanos gemelos: que uno sea homosexual incrementa hasta en un 65% la probabilidad de que el otro lo sea. Para un mellizo el aumento es del 30% y entre  lesbianas las cifras son del 48% y 16%. Doug Barnett fue heterosexual hasta los 28 años, cuando su hermano gemelo le confesó que era gay. Quedó tan intrigado que tuvo sexo con varones y comprobó que esos encuentros le eran más satisfactorios.
Otro indicio de influencia genética son los hombres con un cromosoma X adicional, entre quienes hay mayor proporción de gays. Ciertos rasgos infantiles -no siempre inculcados pues algunos van contra los patrones culturales- que predicen la orientación sexual adulta también son, según LeVay, síntoma de predisposición innata. Richard Green, un psiquiatra de UCLA, siguió una cohorte de niños afeminados y encontró que una alta proprorción terminaron siendo homosexuales. La mayor parte de los gays -y un poco menos las lesbianas- tienen recuerdos eróticos precoces con congéneres. Esta concordancia entre conductas infantiles y sexualidad es “coherente con la idea de que los mecanismos biológicos de desarrollo cerebral influyen en la orientación sexual”.
El último punto es que la atracción sexual no es  un rasgo aislado sino que por lo general se presenta en conjunto con otras conductas relativamente homogéneas. Las ocupaciones consideradas masculinas, por ejemplo, resultan atractivas para ciertas lesbianas y algunos gays se centran en actividades típicas de mujeres. El ser zurdo o diestro también difiere entre la población homosexual y el resto.  
Para LeVay la evidencia disponible indica “una influencia genética fuerte pero no total en la orientación sexual de los hombres y una influencia genética considerable pero quizá algo menor en las mujeres”. Esta observación hecha hace casi dos décadas es consistente con hallazgos recientes de un grupo de sexólogas experimentales, para quienes la orientación sexual masculina –hetero y homo- es más predeterminada y menos cambiante que la femenina. También concuerda con el largo estudio de una lesbianóloga según el cual ellas son sexualmente más fluídas. Como afirma con pleno conocimiento Beatriz Preciado, una de las pocas feministas divertidas, eso de la sexualidad “es como las lenguas, todos podemos aprender varias”.
El feminismo plantea que la heterosexualidad es una construcción social impuesta por el patriarcado. Una visión extrema es que el sistema  “transforma infantes bisexuales en personalidades con género masculino o femenino”. Lo que no se aclara es que para llegar a ser mujer es mejor contar con una materia prima peculiar, bien femenina. Una de las pruebas más reinas, más queer, en contra de la posibilidad de realmente hacerse mujer sin ayuda de la naturaleza estuvo a cargo de un grupo de travestis argentinas a quienes en 1996, después de "levantar banderas por el movimiento" y de definirse “también nosotras como feministas”, se les negó la entrada  a una jornada de trabajo y luego al encuentro nacional feminista en Córdoba. Las asistentes, supuestamente no sólo tolerantes sino aliadas de los trans, no soportaron reunirse con esos nacidos hombres. Lo “travesti inquieta aún al colectivo feminista … la mirada de algunas de ellas sobre nosotras sigue situándonos en nuestro origen biológico masculino” señala Lohana Berkins, dirigente de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti. Quien sabe si Zach, Noah o Évelin tendrán mejor aceptación de sus nuevas congéneres. Mostrando la fragilidad de su doctrina, y de la alianza con LGBT, las feministas gauchas prefirieron renunciar a la tesis medular de la Beauvoir antes que mezclarse con las travestis a quienes no les creyeron el cuento que la mujer no nace sino que se hace.

martes, 6 de marzo de 2012

Si no eres mía, no serás de nadie


Publicado en La Silla Vacía, Marzo 6 de 2012
En los años sesenta Prosenjit Poddar, estudiante hindú de Berkeley, conoció en unas clases de baile a Tatiana Tarasoff. Salieron varias veces y en Año Nuevo se dieron un beso que él interpretó como el reconocimiento de una relación amorosa seria. Tatiana tenía otros planes. Prosenjit quedó resentido, comenzó a acosarla y a buscar venganza por el desaire. Solicitó ayuda a un psicólogo a quien confesó que quería matarla. Por petición del profesional, Prosenjit fue detenido pero luego puesto en libertad. La familia de Tatiana no supo de las amenazas y Poddar terminó cumpliéndolas: la mató a puñaladas para luego entregarse. Los Tarasoff demandaron a la Universidad por negligencia y el caso definió la jurisprudencia norteamericana sobre las obligaciones de los profesionales de la salud ante el riesgo de violencia de pareja. En Colombia aún no hay total claridad al respecto. 
Con leves variantes, el caso parece universal. Cindy Meléndez sabía que su relación con Maclaus sería tormentosa. Sin hacerle caso a su madre se fue a vivir con él. No soportó las trompadas de “quien la violentaba cegado por los celos”. Antes de abandonarlo él  sentenció: “si no eres mía, no serás de nadie”. Luisa, brasileña de 37 años, era prostituta en España. Así conoció a Benjamín, 13 años mayor que ella. Se ennoviaron, se instalaron juntos pero Luisa se aburrió y volvió al oficio. Con frecuencia él la amenazaba. Llegó al bar esgrimiendo una pistola y le gritó: “Si no eres mía, no serás para nadie”. El suceso no es nuevo. Fray Agustín Dávila, cronista de México en el siglo XVI, relata cómo una mujer española "celebrada por su hermosura" fue muerta a puñaladas por el marido que "vivía muriendo de celos". En todas las sociedades para las que se dispone de información sobre homicidios de pareja se repite la historia del ataque por un hombre celoso ante la infidelidad, real o imaginada, o el intento de abandono de la mujer. No todos los feminicidas deben usar la manida frase "ni mía ni de nadie" que además, no siempre es letal. También está detrás de la horrible modalidad del ácido en la cara de jóvenes que quieren cortar con  agresores que “asesinan la belleza, la víctima jamás olvida al victimario”.
La explicación feminista tanto para el “asesinato misógino de mujeres”, como para el continuum de violencias contra ellas es que son “el producto de un sistema estructural de opresión … muestran una manifestación extrema de dominio, terror, vulnerabilidad social, de exterminio y hasta de impunidad … resultan de las relaciones estructurales de poder, dominación y privilegio”. El misógino difícilmente aplica para hombres enamorados de sus víctimas. Lo de impune resulta impreciso con atacantes que se rinden a las autoridades o se suicidan. La dominación y el privilegio suenan insólitos en cabeza de desesperados incapaces de someter a la persona sin quien, literalmente, no pueden vivir. Agrupar las agresiones contra la mujer contribuyó a visibilizarlas y a sacarlas de la esfera privada, pero convendría superar esa etapa. Seguir mezclando ataques tan distintos  -violaciones, acoso, violencia de pareja, explotación sexual, ablaciones, desfiguración- bajo el rótulo de violencia machista, y atribuirles como causa común la misoginia y la opresión es un obstáculo para el diagnóstico adecuado de cada variante.   
El feminismo acierta al señalar que la violencia de pareja surge de "un sentido de posesión sobre las mujeres”. Pero esa pretensión de propiedad es singular. El error ha sido ignorar la paradoja fundamental: los hombres no buscan controlar a cualquier mujer sino únicamente a la que aman. La lamentable declaración de posesión no es un manifiesto político, es la expresión extrema de una emoción que todos hemos sentido, los celos. La doctrina ha sido tan terca que erradicó de los estudios de violencia de género todo lo relacionado con esa pasión y preocupación milenaria. Para comprenderla ha sido desafortunado sacarla de su contexto -las relaciones amorosas y el sexo- para cubrirla con una faceta política que poco aporta al diagnóstico y aún menos a la prevención. 
La mencionada teoría no sirve, y la razón es simple: no discrimina a los agresores. Los victimarios potenciales no somos todos los hombres educados bajo el patriarcado sino una fracción de individuos muy peculiares. Si de dominarlas se tratara, la violencia contra ellas se iniciaría mucho antes, desde kinder, y no se limitaría a las mujeres de quienes los agresores se enamoran. Si fuera asunto de poder las víctimas serían no sólo más tempranas sino variadas: hermanas, compañeras de clase, vecinas, colegas o transeúntes en la calle.
La violencia física de pareja se focaliza en las mujeres con las que se ha tenido algún tipo de encuentro sexual. A Prosenjit le bastó con un beso. Una encuesta realizada entre adolescentes centroamericanos es ilustrativa: sólo el 2% de las jóvenes vírgenes reportan haber sido golpeadas por sus novios. Para las sexualmente activas la proporción sube al 16% y entre quienes tuvieron sexo antes de los 13 años se llega al 33%. Otra encuesta a universitarios bogotanos arroja resultados similares. 
El afán de exclusividad depende más del sexo que de la política. La noción de crimen pasional contribuyó a la impunidad de los incidentes por mucho tiempo y el “porque te quiero te aporrio” es un disparate para definir derechos en la pareja. Pero habrá que retomar lo poco que se sabía sobre celos masculinos para entender a los agresores, detectarlos oportunamente y prevenir sus ataques. Sin que por eso deba dejar de caerles todo el peso de la ley. 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Los machos promiscuos y el presidente gringo


Publicado en La Silla Vacía, Diciembre 13 de 2011

Cuentan que en una visita del presidente Calvin Coolidge y su esposa Grace a una granja avícola ella observó un gallo que no paraba de copular. Discretamente le preguntó al anfitrión:
- ¿Ese gallo lo hace todo el día?
- Sí,  Sra Coolidge
- ¿Todos los días?
- Así es
- Por favor, cuéntele eso a mi esposo

El granjero se acercó a Coolidge para transmitirle el mensaje y este reviró:
- ¿Y el gallo lo hace siempre con la misma gallina?
- No, Presidente, siempre es con un distinta
- Por favor, cuéntele eso a mi esposa
De esta anécdota salió el nombre, efecto Coolidge, para la capacidad de los machos de muchas especies de multiplicar su potencia sexual, de renovar sus energías siempre que el siguiente polvo sea con una hembra distinta. Los ratones han sido los afortunados elegidos para estudiar en el laboratorio esta fuerte vocación de los machos por la variedad. Se ha encontrado que si al reponer sus energías para otra cópula con la misma ratica necesitan un tiempo significativo y creciente, al cambiarle las hembras la recarga de energía sexual es casi inmediata. La explicación más aceptada para este efecto es la búsqueda instintiva de diversidad genética en la descendencia. El equivalente al lema financiero de no poner los huevos en la misma canasta es no echarse los polvos con la misma hembra. Los ganaderos lo saben: uno sirve para todas. 
Cualquier mujer interesada por la sexualidad masculina –la real, no la utópica- debe tomar en serio a Coolidge.  Se ahorrará resentimiento, inocuos “yo nunca haría eso”, desacertados "¿es que ya no me quieres?" e infructuosas cacerías de culpables. Si le ofenden las comparaciones con animales, puede leer historias de mafiosos, de tiranos o magnates, homo sapiens que corroboran el efecto y nos representan bien a todos: el poder tumba restricciones y hace asomar a don Calvin. Los vecinos de Narcorama cuentan historias que los expertos del sexo con ratones encontrarían familiares. Incluso antes del Viagra, déspotas septuagenarios, multimillonarios o artistas famosos demostraron el potencial de un abanico de mujeres.
Varias peculiaridades de la sexualidad masculina -hacerlo con extraños, mayor infidelidad, pensar siempre en eso, despedir la soltería, afición al porno, acoso sexual o visitas al burdel- se explican con este efecto. Incluso la violencia de pareja es a menudo una secuela del Coolidge: algún macho mujeriego y celoso que supone tener derecho a varias mujeres, no soporta que una de ellas desafíe esa prerrogativa y la agrede.
Sería un error insinuar que los mafiosos inventaron la promiscuidad, o que trajeron a Coolidge al país. Simplemente integran, con los hacendados que ejercían el derecho de pernada, algunos políticos y cacaos discretamente promiscuos, el exclusivo club de compatriotas que hicieron efectiva esa vocación latente en todos los machos, ese afán obsesivo por tener muchas, muchas mujeres. Es por Coolidge que al novio o esposo se le van los ojos con un cuerpo femenino en la calle, que le gusta leer reportajes entre fotos de senos, que habla tanto de sexo y que se pega sus escapadas reales o por la red. Entre señores normalitos ya existen los que prefieren muchas féminas virtuales a una sóla mujer real. Así de poderoso es Coolidge, como un presidente gringo.
Pocos lo logran, pero todos los machos, desde los ratones, quisiéramos nuestro propio harem. Por eso es desatinado e injusto que después de renunciar a tenerlo, de conformarnos con la menos excitante monogamia, dejando la diversidad para los sueños, los chistes, las revistas, los videos o internet, nos acusen de haber instaurado el matrimonio para someter a una mujer a que nos lave los calzoncillos. Los esponsales se instituyeron para apaciguar la manía por renovar pareja -del esposo y sus congéneres- evitar el consecuente desorden, y para que el macho alfa no se quedara con todas, como los toros reproductores que no se dignan repetir con la misma. También resulta irónico que quienes dominaron la tecnología para desarmar a Coolidge, siendo tan eficaces que se les fue la mano con ellos mismos, reciban tanta crítica de mujeres ingratas que no sólo los culpan de sus cuitas, sino que desconocen su aporte a la civilización de los machos. Y voltean la doctrina para proclamar que la infidelidad masculina es inevitable, pues con un gobernante tan caprichoso como Calvin alias deseo nadie puede. 

Señalar que el efecto Coolidge es natural e instintivo, adaptativo para ancestros lejanos, no implica sugerir que sea algo positivo, inmodificable y homogéneo entre varones. No es una excusa para enredos e irresponsabilidad. La capacidad de acumular grasas en el cuerpo, que en épocas remotas pudo garantizar la supervivencia, es la obesidad que hoy aqueja como afección, con distinta  severidad, a muchas personas. Si se quieren controlar esas tendencias innatas convertidas en dolencias, lo sensato es entender cómo funcionan. 
De nada sirve amargarse porque Coolidge o el exceso de apetito existen, o no están igualitariamente repartidos entre ellos y ellas. Tampoco ayuda recurrir a complejas y milenarias conspiraciones políticas. No funciona combatirlos con un mismo régimen de prohibiciones para todos pues hay desde los inmunes al trastorno hasta casos críticos que requieren terapia, pasando por los afectados leves, remediables con un susto y fuerza de voluntad. Es importante un diagnóstico doméstico pero certero que tenga en cuenta la herencia genética y financiera, el entorno, la educación, el curriculum sexual, así como los costos sobre las personas afectadas. Y no se debe descartar la posibilidad de que en los casos más complicados, para controlar el afán desmesurado por probar bizcochos, lo más eficaz pueda ser un fármaco.
(Con un par de anotaciones sobre Coolidge femenino)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Sexo sin rodeos, directo al cerebro

Publicado en La Silla Vacía, Noviembre 21 de 2011


A final de los 60, Natalja Bechterewa del Instituto de Medicina Experimental en Leningrado estimulaba eléctricamente el tálamo de pacientes con Parkinson. Algunos reportaron experiencias placenteras. Una mujer de 37 años no solo evocó sensaciones que la llevaron al orgasmo sino que “empezó a visitar con más frecuencia el laboratorio e iniciaba conversaciones con los asistentes. Los esperaba en los corredores o el jardín para averiguar cuando sería la próxima sesión”.
Años antes Robert Heath en Tulane lograba que algunos pacientes tuvieran un orgasmo con corrientazos administrados por ellos mismos. En una sesión, B-19, un gay con electrodos implantados en el cerebro se auto estimuló unas 1.500 veces, hasta “experimentar una abrumadora euforia de la cual tuvo que ser desconectado a pesar de sus enérgicas protestas”. Hay quienes opinan que la estimulación placentera del cerebro debería ser un derecho inalienable. Pero tales experimentos fueron prohibidos y hoy se realizan sólo con animales.

La sexualidad humana es peculiar, pero comparte con otras especies  un gatillo cerebral del goce. En los años 50, se descubrieron en el cerebro unos centros de placer, cuya estimulación es intensamente gratificante. De manera más fuerte que B-19, si un ratón aprende a auto estimularse con una palanca, morirá de hambre, “nadará fosos, saltará vallas, o cruzará rejillas electrificadas para alcanzarla”. Como las drogas, este sexo directo es adictivo. El ratón le dará y le dará a su amada palanca hasta quedar exhausto. 
La variante actual del corrientazo es un estímulo visual al cerebro. El goce llega sin trámites ni colaboradores, sólo con una ayuda manual. Es privado y gratuito. Con la generalización del porno en Internet, es inevitable pensar en el orgasmotrón de El Dormilón pero también en los roedores obsesionados con la palanca. Ahora son hombres quienes, enganchados a su ratón, estimulan su cerebro con una variedad, novedad e intensidad que ni los emperadores chinos, ni los sultanes turcos, pudieron siquiera imaginar. La pornoweb permite que cualquier macho monte su propio harem, con amplio menú de coreografías y servicios. Cuando no se es poderoso se juega a emular a Gadafi, Berlusconi o Gengis Khan. El cerebro sexual masculino es tan sensible a lo visual, y tan obsesionado con la variedad, que se come enterito el cuento del harem que llega por la red. No sorprende que las mujeres, sexualmente más sofisticadas e inteligentes, no entiendan semejante idiotez. 
La dinámica de lo que algunos consideran una adicción sería similar a la de las drogas. El estímulo de los caprichos virtuales gratuitos y a la carta es tan vigoroso que podría deteriorar el cableado entre neuronas para requerir dosis crecientes de excitación. Si a la escalada se suman otras emociones –sorpresa, rabia, disgusto, desprecio, asco, miedo, vergüenza- el enganche es más sólido. Se anota que, por eso, las escenas porno son cada vez más duras y estrambóticas.  Algo similar le ocurre a los poderosos que, sin restricciones, parecen volverse adictos al sexo, además de excéntricos o bruscos. 

Para una de sus novelas, Tom Wolfe gastó años observando estudiantes en los campus. En un pasaje, uno de ellos llega al dormitorio.
-       ¿Alguien tiene porno? 
-       En el tercer piso hay revistas para una mano
-       Ya desarrollé tolerancia a las revistas, necesito un video

No se sabe de usuarios que, cual ratón experimental, estén dispuestos a grandes sacrificios por una nueva dosis. Pero sí de algunos que, sin buscarlo, "desarrollan tolerancia". Si un pin up con sonido es suficiente para sus primeros pinitos, después se aburren con lo soft y aventuran en el hard. Paralelamente, pierden interés sexual en sus parejas. La dura realidad de una mujer que ni siquiera tiene dotes de gimnasta, cadencia felina, obsesión por las paletas, corsetería de lujo ni repertorio de jadeos, se puede traducir en disfunción eréctil.  La adicción al sexo virtual podría llevar a gustos y preferencias no imaginados en la alcoba doméstica. Si se ha visitado en la red el trío de una cougar, su hija embarazada y el yerno travesti fustigados por el mayordomo sado en un gallinero, el polvo semanal con la de siempre parecerá insípido.  

La incidencia del trastorno está lejos de conocerse. Muchos enganchados, dispersos entre usuarios ocasionales, no saben que lo están: ingenuamente creen tenerlo todo bajo control. Aunque cual ratones le den y le den sin parar, para que luego no se les pare. 

Conviene hacer explícito que estos no son argumentos moralistas para la prohibición del porno, que sería inocua. La canasta de adicciones potenciales es variada: va desde el chocolate hasta el jogging o el rezo matutinos. Y sería un despropósito entregarle otro jugoso negocio a las mafias. Más sensato que ilegalizar es dejar que cada quien administre los costos de sus aficiones.   

El fenómeno del autocibersexo, oh sorpresa, es poco femenino. Las usuarias de porno de cualquier edad son escasas y la frigidez por saturación de estímulos virtuales suena a chiste flojo. Aquí el cuento de la educación diferencial por género no convence. Nadie creerá que los baby boomers o la generación X, ya bajo la presión feminista, indujeron a sus hijos varones al porno con tolerancia creciente, y a sus hijas las mantuvieron alejadas de las video tiendas y la web. Ellas también tiran cada vez más jóvenes, están conectadas y tienen celular, pero para otros asuntos. Al igual que ellos, lo pueden ver lo que les antoje en privado en privado e informarse en la prensa sobre el porno decente, pero les interesa menos. Si las farmaceúticas no han dado con el equivalente rosado del Viagra, la industria XXX busca sin éxito la veta porno que atraiga a las mujeres. Simplemente no existe una demanda como la que sí bulle del lado varonil.

No se sabe a qué se dedicó Natalja Bechterewa al final de su vida. Tal vez trató de vender la bitácora de las sesiones con la paciente  enamorada de los electrodos. La tecnología para meter voltios en el cerebro tiene demanda en varios sectores, desde la terapia sexual hasta el control de las manifestaciones estudiantiles. 
Referencias

domingo, 2 de octubre de 2011

Los mujeriegos son más que las ... (ni siquiera existe el término)

Publicado en la Silla Vacía, Septiembre 27 de 2011


Son comunes las historias de cuernos. Algunas infidelidades son ocasionales y fugaces. Otras son transitorias: la persona infiel sale de un nido y prepara el otro.
A pesar del misterio, son más frecuentes en el país los deslices masculinos. Según dos encuestas nacionales, una del 2008 y otra del 2011, más de la mitad de los colombianos han sido infieles, contra cerca de un tercio de las mujeres. En otro sondeo realizado entre universitarios las diferencias por género son menores, pero entre quienes reportan haber sido infieles varias veces los mujeriegos barren.
En todas las preguntas relacionadas con la infidelidad las respuestas positivas de los hombres superan las de las mujeres. Parece común que él ponga cuernos mientras ellas –la pareja y la otra- le son fieles. Es lo que ocurre con la sucursal, una iniciativa bien masculina que merece capítulo aparte.

Unas infidelidades tan audaces que deben ser fugaces, son las que ocurren por ahí, en el entorno cercano, y también son un asunto muy varonil.
No es fácil explicar por qué unas personas son infieles y otras no. Para las diferencias por género, conviene no limitarse a los discursos tradicionales -como el machismo, las leyes de adulterio o la religión- que son insuficientes. Precisamente, no ayudan a explicar la infidelidad femenina, que es antigua y complementa la masculina.

Los darwinistas tienen una teoría simple, consistente con estos datos. En la pareja típica, él aprecia más la variedad, le gustan las aventuras cortas y estará tentado a ser infiel con cualquier mujer más joven y bonita. Ella, más selectiva, con menor inclinación por lo efímero o casual, se sentirá atraída por hombres de mejor posición, mayor riqueza, poder, fama, o generosidad que su parejo. No se trata de una ley a rajatabla sino de inclinaciones, o impulsos instintivos. A ellos los atraen las reinas de belleza y a ellas los reyes de verdad. Se puede pensar que estos cuentos de hadas moldean los gustos, o bien que gustan porque dan en el clavo. Lo más sensato es aceptar que ambas cosas influyen y se refuerzan. 

Sea cual sea el origen de este guión tan popular, una consecuencia es que con los años, los hijos, las arrugas, la consolidación de la carrera, el progreso económico y la acumulación de poder, la posibilidad de ser infiel se amplía para ellos y se restringe para ellas. A las inclinaciones se suma la realidad del mercado. Los cuernos son tercos opositores de la equidad de género. Empresarios exitosos, funcionarios VIP, reyes reales, intelectuales o artistas de renombre, todos con sus fieles esposas, encajan en el patrón que, no sobra reiterar, admite notorias excepciones. Si, como ocurre en varias ciudades del país, la demografía aporta un exceso de mujeres y la economía riqueza mal repartida, la tendencia se consolida.

En las grandes ligas de los negocios y la política –legales o no- el afán de renovación de pareja se torna obsesivo en los varones, y la disponibilidad de féminas agraciadas parece inagotable. En Colombia, las historias de mafiosos con su séquito de reinas ilustran a la perfección el escenario. De los entornos más institucionales se sabe menos. Hemos adoptado el esquema francés de la discreción, que protege la intimidad de los poderosos, y sus eventuales indelicadezas, en detrimento del resto de nosotros. Pero se puede intuir que en la legalidad pasa lo mismo que en el bajo mundo: unos pocos se quedan con muchas. Con total liberté y poca fraternité, los cuernos también atentan contra l’égalité.

En uno de los pocos libros colombianos sobre el tema, tres psicólogas cuentan que a Mónica, casada con Esteban, se le “apareció Ricardo, que ocupaba una posición prominente en la organización y que además era encantador y seductor … la hizo sentir como en las nubes. Jamás se imaginó que un hombre al que ella veía como exitoso, brillante, de mundo y con posición se fijara en ella”.

La encuesta hecha en un parvulario de líderes no permite contrastar en detalle la teoría. Pero sí corrobora el liderazgo masculino en los cuernos. El único factor que ayuda a discriminar a los infieles reincidentes es ser hombre, siendo cinco veces más probables los mujeriegos que las mujeres para quienes aún no se acuña un vocablo equivalente. (Las lideresas de la campaña pro balance de género en el idioma deberían corregir esta falla, que tal vez restringe aún más la infidelidad femenina).

Con la muestra total de estudiantes, ni el estrato, ni el lugar de origen, ni el estado civil de los padres durante la adolescencia, ni el tipo de colegio, ni la religiosidad –propia o de la familia- ni siquiera la infidelidad del padre o la madre ayudan a discriminar a quienes han puesto los cuernos con frecuencia de los demás.

El análisis por género indica que los hombres con padres separados –tal vez por alguna infidelidad- tienen dos veces más chances de poner los cuernos. El mujeriego se hace, o nace y el entorno lo refuerza. Para las mujeres, el tipo de familia no influye. Hay un leve efecto represivo, no significativo, del colegio religioso. La orientación sexual sí permite separar a las muy infieles de las demás: en lesbianas o bisexuales, la probabilidad de los cuernos reincidentes es más del doble que en las heterosexuales. Otra dimensión, además del sexo con extraños, en que la orientación sexual afecta conductas en las mujeres pero no en los hombres.
En últimas, de acuerdo con esta encuesta y varios testimonios, aunque ser hombre –o mujer no heterosexual- definitivamente contribuye, parecería que en eso de la infidelidad simplemente, y casi por azar, se cae. Belleza y juventud les bajan las defensas a ellos, mientras el poder las hace vulnerables a ellas. A veces la aventura cuaja. Otras veces no, pero queda gustando y, roto el tabú, se reincide. Como en muchos otros juegos, en este de la infidelidad los hombres poderosos tienen más chances de salirse con las suyas.


Sexo con extraños. ¿Por qué tan pocas mujeres lo hacen?

Publicado en la Silla Vacía, Septiembre 20 de 2011


Ignorando los casos difíciles de encasillar, algunos biólogos y psicólogos sugieren una especie de patrón universal. Las mujeres, con pocos, valiosos óvulos, los cuidan y son selectivas. Para compartirlos exigen un ritual mínimo, averiguaciones previas y referencias. Algunas no lo dan sin pruebas de generosidad, compromiso y amor. Nada de eso resulta fácil con extraños. Además, es sobre ellas que recaen las eventuales y embarazosas secuelas del sexo, algo que exige cautela. Los hombres, por el contrario, sin apego por sus innumerables, insignificantes y baratos espermatozoides, son propensos a dejarlos en cualquier receptáculo, a feriarlos en parajes desiertos o insalubres. No deberían, pero ellos pueden ser irresponsables. A veces tiran y se van.
Las estadísticas parecen darles la razón a estos darwinistas. En todos los lugares, y en todas las culturas en donde se ha indagado la cuestión, las mujeres reportan menos sexo con desconocidos que los hombres. Colombia no es la excepción. A nivel nacional, 9% de ellas contra 32% de ellos han tirado con extraños. En un sondeo entre universitarios, los porcentajes son de 24% contra 38%, y el 7% de los varones reporta haber iniciado su vida sexual con una desconocida. 

Una encuesta a las francesas -hijas o nietas de las que en el 68 prohibieron prohibir- apunta en la misma dirección. Da detalles adicionales: en los polvos con nuevos parejos –no totales extraños- llegan al climax con menor frecuencia (58%) que con el parejo habitual (79%). Así, en materia de orgasmos, oh la la, más vale normalito conocido que tinieblo de infarto por conocer. Que tome nota Aleida.
La química íntima femenina atentaría contra la experimentación sexual. La vagina es un medio ácido, con un pH entre 3.8 y 4.5. Este ambiente hostil a las bacterias es lo que mantiene el lugar “tan limpio y puro como un vaso de yogurt”. El semen, con un pH alrededor de 8, es más alcalino. Por varias horas después del coito, el pH vaginal aumenta, dándole papaya a las infecciones. La vuelta al ambiente antiséptico se da sin problemas cuando el semen resulta familiar. Con esperma desconocido, el restablecimiento del pH es más lento. Un mecanismo del tipo “toca cogerle el tiro a lo alcalino”. Él no sufre los afanes de la anfitriona.

Ante tales argumentos, ¿cómo explicar los casos atípicos? ¿Cómo entender esas mujeres que han ido, según unos, contra la biología y los instintos y según otras, contra la opresión del patriarcado?

Los escenarios de los polvos con N.N. en el país aún son un misterio. La encuesta realizada entre estudiantes revela cosas interesantes. Los antecedentes familiares ayudan un poco a discriminar a quienes han tenido sexo sin previo conocimiento de su pareja. Para ellas, un padre mujeriego restringe aún más las aventuras mientras la infidelidad materna contribuye. Para ellos, los cuernos paternos o maternos no influyen. El estrato socio económico y la religiosidad también muestran un efecto diferente por género. Los sermones de curas y pastores contra la costumbre de ir tirando por ahí con cualquiera los afectan más a ellos. La alta posición social, por el contrario, las inhibe mucho a ellas, mientras que a los hombres los hace más aventureros.
Lo que definitivamente reduce la prevención de hacerlo con quien no se conoce, y de manera más marcada para ellas, es salirse de la casilla heterosexual. Para las mujeres, ser lesbiana, bisexual u “otra”, es la variable de esta encuesta que mejor ayuda a discriminar a las que han tenido relaciones sexuales con gente extraña, siendo casi cinco veces más probable que lo hayan hecho, comparadas con las que sólo les gusta con hombres. En ellos, el efecto es menor, y la religión o la clase social tienen un impacto estadísticamente más significativo.
Dadas las características de la encuesta –pobre en recursos, muestra pequeña- estos resultados deben tomarse más como sugerencia para nuevas pesquisas que como patrones definitivos. De todas maneras, surgen varios comentarios.

El primero es que, a pesar del interés del feminismo colombiano por el movimiento LGTB y lo mucho que, al parecer, se ha estudiado la diversidad sexual, fuera del discurso normativo para defender los derechos de las minorías, no es mucho lo que se divulga. Aún es poco lo que los profanos sabemos sobre los antecedentes y las características de los no heterosexuales en un país con tanta variedad étnica y cultural. 

La asociación entre sexualidad no convencional y sexo con extraños surgió por casualidad en esta encuesta a universitarias, pero el resultado no sorprende. Aunque es problemático meter en un mismo paquete lesbianas, bisexuales y “otras”, no es arriesgado señalar que todas ellas tienen en común haber separado sexualidad de reproducción. Las precauciones –instintivas y culturales- para el sexo con desconocidos tienen que ver, precisamente, con la reproducción. Si el sexo se ha depurado de esa carga, parece lógico que los trámites previos también disminuyan.

Sea cual sea la causalidad, la mayoría de universitarias no heterosexuales encuestadas parecen inmunes a una de las restricciones que históricamente más han diferenciado a las mujeres de los hombres: tirar con desconocidos. No son las únicas. Lisa Diamond, quien siguió una cohorte de 89 lesbianas gringas por varios años señala una queja común entre ellas: “es difícil encontrar mujeres interesadas en sexo casual”. En ciertas devoradoras de hombres famosas confluyen la bisexualidad y los polvos con extraños. Para las prostitutas, entre quienes se sabe que es alta la incidencia de lesbianismo, también aplica la observación.

En esta encuesta a estudiantes, la orientación sexual explica menos los polvos anónimos de los hombres que los de las mujeres. Se corrobora así una observación clave de la nueva sexología: ser lesbiana no es equivalente a ser gay pero en mujer.

Una última inquietud. El supuesto estándar en Colombia sigue siendo que lo sexual es 100% aprendido, totalmente determinado por la cultura. La pregunta que surge es dónde, cuando y cómo les enseñan en el país a algunas mujeres a deshacerse del rótulo heterosexual. Y a adoptar una conducta tan típicamente masculina como tirar por ahí con cualquiera, sin mayores preámbulos.


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